lunes, 22 de septiembre de 2008

Un poco más de detalles


Relato del Milagro de hace 102 años:

La noche del viernes 20 de abril de 1906, en el local donde se ubicaba el colegio San Gabriel de Quito (Benalcázar y Sucre), 100 estudiantes del plantel estaban de vacaciones por la Semana de Pascua y, otros 35 alumnos internos, cenaban en el comedor.

Eran alrededor de las 20h00.A la derecha de la mesa, pendía de la pared un cuadro con una cromolitografía de la Virgen de los Dolores.

Muy cerca de la imagen estaban comiendo los alumnos Jaime Chaves, Carlos Herrmann y Donoso.

Herrmann observó que “se movían los párpados’’ de la imagen del cuadro.

En un primer momento, el pequeño creyó que lo visto era producto de su imaginación, pero Chaves, quien también estaba mirando la imagen, dijo “ve a la Virgen’’.

Ambos alumnos se quedaron atónitos observando que la imagen abría y cerraba los ojos como una persona viva.

Sobrecogidos los menores ante tan inesperado como extraño fenómeno y viendo que la imagen continuaba moviendo sus ojos, Cháves invitó a su compañero a rezar un Padre
Nuestro y un Ave María.

Luego, comenzó a correrse la voz entre el resto de alumnos. Uno de ellos le comunicó el hecho al sacerdote Andrés Roesch, prefecto del colegio, y al sacerdote Luis Alberdi, inspector.Este último le dijo a Roesch: “Pero Padre, si esto es un prodigio”.

El prefecto se acercó al cuadro y luego volvió a su puesto “entonces sentí un frío que me helaba el cuerpo, viendo -sin poder dudar- que efectivamente la imagen cerraba y abría los ojos. Cuando esto sucedía, todos los niños que presenciaban el hecho clamaban a una sola voz “ahora abre, ahora cierra”, dijo al rendir su testimonio sobre el suceso milagroso que se repitió varias veces y duró alrededor de 15 minutos.

Aunque la imagen de la Virgen seguía cerrando y abriendo sus ojos, todos los presentes se dirigieron a la capilla a rezar el rosario.

Después que los alumnos salieron del comedor se esparció la noticia en todo el establecimiento educativo.

El 21 de abril empezó a correr en Quito el rumor del extraño suceso, la suprema autoridad eclesiástica de entonces, Monseñor Ulpiano López Quiñonez, Vicario Capitular, ordenó “que se cubra dicha imagen y nada se publique por la prensa ni en el pulpito, relativo a ese acontecimiento, mientras no se decida sobre su valor y autenticidad”.

Con gran descontento de los colegiales y de la gente, el cuadro fue escondido y nadie pudo verlo

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